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domingo, noviembre 4

Aníbal, el hombre de las contradicciones.


Aníbal, era un saco de contradicciones. Visceral y emotivo, era la muestra viviente del macho ibérico que tanto odian las damas modernas y tanto aman las damas comunes. Misoginia extrema, que no le vino a la medida, porque no tuvo hijos varones. Cuando vino la primera vez a Colombia, mi hijo tenía menos de un año. Me dijo que yo tenía una suerte inmensa por tener un hijo, después de tener una hija. Él ya tenía su primera hija y pensaba que el siguiente embarazo de su esposa le hiciera padre de un varón. No fue así. Nació otra niña.

Nacido en la ciudad de Cuenca, la de las casas colgantes, se había casado en un pueblo zamorano, de donde es mi esposa, pues ambas mujeres son primas hermanas. Por esa razón lo conocí en Madrid, y su pensamiento de izquierda  me gustó, pues era en plena España nacional católica de Franco.

En esa época, se dedicaba a vender papel electroestático y toner líquido, pues aún no se había inventado el sistema de fotocopiado en papel normal, con toner de polvo negro para la impresión. Esa decir, que su negocio tenía los días contados. Pero su dinamismo lo llevó a trabajar con la alta informática sin conocer la técnica y cuando en los años ochenta viajé con mi esposa y mi hijo  a Madrid, me alojé en su chalet de un barrio muy exclusivo de Madrid, y me mostró orgulloso su enorme computador que utilizaba para vender servicios informáticos al gobierno  a los partidos políticos. Era un IBM tan grande, que utilizaba agua de la piscina para un circuito de refrigeración.  En los años ochenta, aún la microinformática y muchos de los actuales conceptos no existían. Era todo nuevo y en rápido crecimiento. Aníbal no conocía los principios de los ordenadores modernos pero utilizaba técnicos  y llegó a tener varios empleados de alta preparación.

Como muchos de los españoles de mi entorno familiar, Aníbal era maestro. Y en la época que él se graduó, era necesaria una certificación del cura de su pueblo en la que se hacía mención de la religiosidad y buenas costumbres. El cura se la negó. Y se la negó porque era conocido su visceral ateísmo. Le dijo al cura: “no ha habido en España más de 2 generaciones sin que se levante la veda de vosotros y sin que haya ardido hasta la última parroquia…”

Pero con el tiempo, ese maestro medio comunista, fue tornando en un acérrimo defensor de la propiedad y la iniciativa privadas.

La primera vez que vino a Colombia, fuimos a Panamá. La idea era buscar qué negocios podíamos ejecutar. Estando en el hotel Continental de Panamá, que mi padre y yo usábamos a menudo, encontramos a don Fernando Álvarez de Miranda. Lo invitamos a tomar una copa y pasamos una tarde de sábado muy agradable. Nos dio muchos consejos y recomendaciones. Cuando un chófer uniformado  se acercó a decirle algo al oído. Nos comentó que Felipe González y Regis Debray lo esperaban en un restaurante.

Don Fernando aun vive, ya retirado de sus tareas políticas. Preceptor del príncipe de España, el actual rey, se encargaba de preparar los estudios del futuro monarca. También fue presidente de las cortes.

Esa vez, de la finca de mi padre en El Darién, unas vasijas de una tumba indígena, que mi padre le regalaba a Aníbal, terminaron como regalo para don Fernando. Hicieron amistad y lo introdujo en los ambientes de hombres de negocios tal como era su deseo para llevar a cabo sus tareas.

Vino a Colombia muchas veces tal como yo fui a España. Le fascinaba ver como llovía en Buenaventura y la frondosidad de las selvas del pacífico. Como le encantaban las chicas muy jóvenes y a mi las mayores. Así que eso era tema de bromas entre nosotros. El me hablaba de mi asilo de ancianas y yo de su kinder de niñas.

Su conservadurismo, lo hizo comulgar con los neonazis españoles. En su casa, estábamos hasta la madrugada, hablando de filosofía de la política. Shopenhauer, Bertrand Russell, Sastre y Haberlas estaban siempre en nuestras conversaciones. Teníamos algunos de sus libros a mano. Yo con el Capital de Marx como escudo.

Nunca peleamos por política. Ni por mujeres porque en ambas cosas nuestro terrenos eran diferentes.

Con el pasar de los años, el tema de nuestros hijos era lo que más tomaba nuestro tiempo.

En Cali sí salimos discutiendo por el tratamiento que daríamos a un barco que yo manejaba como broker de carga. Él manejaba otro barco en el mismo plan.

En Cartagena de Indias, una obstrucción intestinal causó que me internaran en el hospital de Bocagrande y me operaran en el hospital que la armada tiene dentro de sus instalaciones. En ese momento, un barco de carga que estaba a mis órdenes, ya no lo pude manejar, mi nueva esposa estaba embarazada y yo estaba muy angustiado. Los dueños del barco enviaron a Cartagena a alguien para que se hiciera cargo. Ese barco tenía hasta el nombre que yo había elegido par él: NOVA.
 Aníbal estaba en Cartagena. Había ido a Colombia con su hija menor.

Nunca más lo volví a ver. Regresó a España y solo en 2010 volví a contactarlo a través de mi ex esposa. Ya estaba yo en silla de ruedas y él con un reciente ictus que casi lo mata. Lo llamaba todos los sábados y teníamos largas charlas. Planeamos que él viniese a Guardamar pues mi hijo lo traería. Poco tiempo antes de que eso se llevara a cabo, otro ictus lo mató. Hoy, escribo esto como homenaje a nuestra amistad y a un ser humano muy especial, del que aprendí muchas cosas. Este 2012 se ha llevado a dos e mis mejores amigos como ya escribí antes. Estando solo, en mi apartamento de Guardamar, mi contacto con la sociedad es la pantalla y el teclado de mi ordenador.

Aníbal y yo, por casualidades del destino, tenemos el mismo apellido.

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